
Vida y Milagro
Si la muerte me dejó pasar aquella primera vez, ¿por qué habría de vivir como si todo dependiera de mis manos? Quizá el error ha sido creer que debo controlar el mundo, cuando el mundo ya decidió conservarme sin pedirme permiso.

Si la muerte me dejó pasar aquella primera vez, ¿por qué habría de vivir como si todo dependiera de mis manos? Quizá el error ha sido creer que debo controlar el mundo, cuando el mundo ya decidió conservarme sin pedirme permiso.

La realidad nunca me ha parecido un lugar estable. Siempre la sentí como una respiración invisible: algo que aparenta quietud mientras, debajo de su superficie, fuerzas desconocidas se mueven en silencio.

Hay momentos en los que la realidad deja de sostenerse.
No es un pensamiento ni un recuerdo. Es una sensación breve pero intensa: como si algo te jalara fuera de todo, como si por un instante dejara de existir… y aun así quedara algo en mi que observa.
Este texto explora esa grieta silenciosa donde todo pierde sentido, donde solo queda la percepción y una pregunta incómoda: ¿qué hago aquí?
Una experiencia breve, inquietante… y cada vez más frecuente.

Vivir es entonces una paradoja: crear el tiempo y dejarse crear por él son la misma acción, vistas desde ángulos distintos de una misma verdad. En el tic tac de los relojes, en el eco de los días que se van, descubro que no hay línea entre ser y devenir. Cada segundo es un maestro silencioso, y cada elección, un acto de creación y homenaje al mismo tiempo.

El hombre es un puente suspendido entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, posee la capacidad de entregarse por completo

Había sido yo el ilustre Don Quijote de la Mancha.
Porque había elegido el heroísmo en lugar de la razón.

La interrogante no es retórica. Las abejas comprenden el mundo —o al menos lo descifran de un modo no tan distinto del nuestro. Su danza, resume distancias, tiempos y lugares con una precisión que muchos mapas humanos envidiarían. Se diría que conocen el aire, que son traductoras de la luz, y que su lenguaje no precisa de palabras, sino de círculos, vibraciones y zumbidos.

Cuando me alejé, el Támesis continuaba su marcha inmutable. Pensé que en sus aguas estarían ahora reflejadas, fugazmente, nuestras imágenes: la de un escritor que deambulaba por Londres y la de una cantante que parecía haber existido siempre.

lloro, que el agua es el único testigo de mi desconcierto, pero los ojos, esos traidores, delatan la verdad con su enrojecida transparencia, como una confesión involuntaria de la carne que habito.
El espejo es un artificio, un laberinto de mentiras donde me extravío y me encuentro, y aun cuando pretendo creerle, siempre sé que miente. Porque nunca hay un buen mentiroso: el reflejo se traiciona en la leve desviación del gesto, en la duda que asoma en el parpadeo. ¿Quién es ese que me observa con ojos fatigados y un cansancio milenario? Soy yo y no lo soy.

Podría decirse que la tristeza de hoy es una construcción social, que nos hemos vuelto tristes porque el mundo nos obliga a ser fuertes e indestructibles. El hombre moderno —atado a dispositivos que le ordenan responder, producir y avanzar— ha dejado de lado el arte de la reflexión. Los días pasan con la velocidad de una máquina imparable, y el silencio, que antes era refugio, ahora parece una amenaza.