Me viene pasando algo raro y difícil de explicar.
No es un recuerdo, porque no tiene pasado. Tampoco es un pensamiento, porque no llega a formarse del todo. Es más bien una especie de corte… una suspensión, una ligera muerte.
Es un día cualquiera —estoy hablando, mirando cualquier cosa — cuando de pronto algo tira de mí. No hacia otro lugar, sino fuera de todo lugar.
Como si mi conciencia se aflojara.
Como si dejara de estar bien sujeta a esto que llamamos realidad.
Y entonces ocurre.
El mundo no desaparece, pero pierde consistencia. Las cosas siguen ahí, pero ya no me convencen. Se sienten como si estuvieran sostenidas por costumbre, no por verdad. Como si su existencia fuera un hábito que nadie ha cuestionado lo suficiente.
Y yo… tampoco estoy del todo ahí.
No sabría decir que dejo de existir, pero algo muy cercano pasa. Es como si mi forma de estar en el mundo se interrumpiera. Como si quedara reducido a algo mínimo… un punto que percibe, sin historia, sin nombre, sin contexto.
Un testigo sin atributos.
En ese instante —que dura segundos— aparece una sensación más fuerte que cualquier emoción: una muerte consciente.
Pero no es tristeza.
Es algo más radical.
Es la impresión de que nada tiene por qué ser.
Y ahí surge la pregunta. No como reflexión elegante, sino como algo que irrumpe:
¿qué hago aquí?
No hay filosofía en ese momento. No hay consuelo. Es una pregunta seca, casi incómoda, como si me hubieran puesto en un escenario sin darme instrucciones de que debo hacer.
¿Para qué existo?
Y lo más inquietante es que todo lo que normalmente podría responder eso… desaparece junto con el resto.
No queda nada a lo que aferrarse.
Solo una certeza mínima: una mínima consciencia que percibe.
No sé si llamarlo “yo”, porque en ese estado ese “yo” pierde sentido. Pero hay una presencia, un darse cuenta… que observa esa disolución, esa grieta en mi vida.
Y luego, sin transición clara, regresó nuevamente, y la sensación desparece, pero la recuerdo.
El mundo vuelve. No como revelación, sino como costumbre. Las cosas recuperan su peso, su lógica, su familiaridad. Yo mismo vuelvo a ser quien era… o quien creo ser.
Todo sigue.
Pero algo queda.
Una sospecha.
He empezado a pensar que esos momentos no son errores, sino fisuras. Pequeñas grietas en eso que damos por real. Como si, por un instante, se suspendiera el acuerdo silencioso que sostiene todo.
Y entonces se ve lo otro.
O más bien… la ausencia de todo.
No sé qué es exactamente lo que pasa.
No sé si va a intensificarse o desaparecer.
Pero hay algo que ya no puedo ignorar: cada vez ocurre más seguido.
Como si eso que me jala… no fuera ajeno.
Como si, de alguna forma difícil de aceptar, siempre hubiera estado ahí y recién se muestra.


