A veces pienso que mi vida comenzó como una excepción. Dicen que estuve a punto de morir apenas había aprendido a respirar. Tal vez desde entonces camino con una deuda que nadie me ha cobrado o con un regalo que nunca terminé de comprender.
Si la muerte me dejó pasar aquella primera vez, ¿por qué habría de vivir como si todo dependiera de mis manos? Quizá el error ha sido creer que debo controlar el mundo, cuando el mundo ya decidió conservarme sin pedirme permiso.
Hay hombres que viven convencidos de que el tiempo les pertenece. Yo, en cambio, sospecho que cada amanecer es un préstamo. Y cuando uno entiende que su existencia pudo no haber ocurrido, las preocupaciones pierden parte de su importancia. El miedo sigue ahí, pero deja de dominarme.
No se trata de abandonar los sueños, ni de caminar con indiferencia. Se trata de aceptar que la vida nunca prometió durar o ser la mejor; únicamente prometió suceder. Tal vez la verdadera sabiduría consista en dejar de discutir con el destino y comenzar, por fin, a conversar con él.
Pienso entonces que quizá mi nacimiento no fue una victoria sobre la muerte, sino una invitación. Como si alguien hubiera abierto una puerta por un instante y hubiera dicho: “Todavía no. Ve a mirar el mundo”. Y desde ese día todo ha sido un tiempo y una vida prestada.
Y cuando recuerdo eso, comprendo que la existencia no exige ser tomada con seriedad, sino con gratitud. Porque el milagro no consiste en seguir respirando, sino en olvidar, durante un momento, que cada respiración pudo no haber existido.
Alex Rodríguez Guzmán


