En definitiva, la Internet de hoy es el Funes de mañana, o quizá el Funes de siempre, esa presencia ineludible que, al almacenar la totalidad de nuestros gestos y palabras, nos obliga a repensar la relación entre el tiempo, la memoria y la identidad. Es un espejo digital en el que se reflejan las paradojas del olvido y la permanencia, una memoria inabarcable que, como la visión borgiana, nos invita a cuestionar la naturaleza misma del ser y del recuerdo.