La Abeja y la flor

No deja de parecerme curioso —y acaso inevitable— que hayamos llegado a este punto: construir flores. No cultivarlas, no atenderlas, sino construirlas, como quien edifica una torre o diseña un arma. Lo artificial de estas flores no radica solamente en su materia (plástico, tela, perfume sintético), sino en la intención que las gesta: imitar lo que ya existe, lo que nos ha sido dado desde el principio del tiempo. No sé si este gesto es un tributo a la naturaleza o una tentativa egocentrista por superarla. ¿Acaso ambas cosas?

Me viene a la mente una pregunta que no es botánica, ni estética, sino metafísica:
¿Cómo le explicaríamos a las abejas lo que hemos hecho?

La interrogante no es retórica. Las abejas comprenden el mundo —o al menos lo descifran de un modo no tan distinto del nuestro. Su danza, resume distancias, tiempos y lugares con una precisión que muchos mapas humanos envidiarían. Se diría que conocen el aire, que son traductoras de la luz, y que su lenguaje no precisa de palabras, sino de círculos, vibraciones y zumbidos.

Ante ellas, la flor artificial no es un objeto, sino un enigma. Una anomalía. La forma sin la sustancia, la promesa sin el néctar.
¿Pensarán que intentamos engañarlas? ¿Qué esa copia sin polen es una burla de nuestra parte? ¿Un laberinto sin centro?

Lo más inquietante, sin embargo, no es que las abejas se sientan confundidas. Lo verdaderamente perturbador es que puedan considerarnos estúpidos.

“¿Por qué replican lo que ya abunda?”, podrían preguntarse.
“¿Por qué copiar el milagro, teniendo aún el milagro a disposición?”

La respuesta, si es que existe, no será lógica. En todo caso, será humana. El hombre, desde sus orígenes, ha vivido en lucha con la realidad. Tal vez porque lo real es transitorio, efímero, y él, en su soberbia, ansía perpetuar lo que se desvanece. Así surgieron los retratos, los poemas, las tumbas, los jardines de porcelana. La flor artificial es hija de esa misma melancolía ante algo que muere.

En un libro imposible —que nadie ha escrito, pero que todos hemos intuido— se afirma que el universo no es otra cosa que una vasta metáfora. Bajo esa luz, las flores falsas no son objetos, sino símbolos: de nuestra nostalgia, de nuestra desconfianza ante el tiempo, de nuestra voluntad de crear un mundo paralelo donde nada muera.

Las abejas, ajenas al tiempo histórico y a la ficción, sobrevuelan ese símbolo sin comprenderlo. Su lógica es la del presente puro, sin memoria ni esperanza. Si pudieran hablar, no pedirían explicaciones: partirían. Dejarían atrás la trampa brillante, el simulacro, y seguirían buscando lo verdadero. Lo dulce y vivo.

Y nosotros, quizás, nos quedaríamos frente al jardín sin polen, preguntándonos —como quien medita ante un espejo— si acaso toda nuestra civilización no es también, en última instancia, una flor sin néctar.


Posdata innecesaria: Hay quienes creen que el arte, como la flor falsa, es una mentira. Pero otros —más piadosos o más sabios— sostienen que es una forma de recordar lo que alguna vez fue real. O lo que aún podría serlo.

por Alex Rodríguez Guzmán