El tiempo es un río silencioso que corre, arrastrando consigo todo lo que somos, lo que fuimos y lo que apenas soñamos ser. A veces siento que lo contengo entre mis manos, que mis decisiones lo moldean, que cada instante vivido con atención es un gesto de rebelión frente a su corriente implacable.
En esos momentos, me creo arquitecto de la eternidad y de mi destino: cada segundo es una piedra que coloco, cada pensamiento una torre que se eleva hacia un futuro que invento. Pero otras veces me descubro flotando, arrastrado por la marea del tiempo, y me doy cuenta de que soy yo quien ha sido creado; mis planes, mis certezas, mis pasiones, son hojas llevadas por un viento que no puedo detener.
Cada recuerdo doloroso, cada recuerdo hermoso, cada pérdida inesperada, es un recordatorio de que el tiempo tiene su propia voluntad, y que yo solo puedo habitarla, mas no dominarla. Quizá el misterio no esté en quién crea a quién, sino en la danza silenciosa que mantenemos. Yo y el tiempo, entrelazados, moviéndonos como reflejos de un mismo espejo. Cada acto que realizo deja una marca, una huella que me transforma; y a la vez, cada instante que pasa me moldea, me envejece, me reconstruye y me revela mi futuro.
Vivir es entonces una paradoja: crear el tiempo y dejarse crear por él son la misma acción, vistas desde ángulos distintos de una misma verdad. En el tic tac de los relojes, en el eco de los días que se van, descubro que no hay línea entre ser y devenir. Cada segundo es un maestro silencioso, y cada elección, un acto de creación y homenaje al mismo tiempo.
Quizá, al final, la pregunta no sea si yo creo el tiempo o el tiempo me crea, sino si puedo aceptar que somos coautores de nuestra existencia: yo, con mi voluntad; él, con su misterio. Y en ese reconocimiento, en ese diálogo, reside la libertad más profunda: la de existir consciente, sabiendo que el tiempo no solo pasa… sino que nos forma, nos moldea y nos transforma, instante tras instante, como un escultor invisible que nunca termina su obra de arte.



