
El hombre entre dos abismos
El hombre es un puente suspendido entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, posee la capacidad de entregarse por completo

El hombre es un puente suspendido entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, posee la capacidad de entregarse por completo

Había sido yo el ilustre Don Quijote de la Mancha.
Porque había elegido el heroísmo en lugar de la razón.

La interrogante no es retórica. Las abejas comprenden el mundo —o al menos lo descifran de un modo no tan distinto del nuestro. Su danza, resume distancias, tiempos y lugares con una precisión que muchos mapas humanos envidiarían. Se diría que conocen el aire, que son traductoras de la luz, y que su lenguaje no precisa de palabras, sino de círculos, vibraciones y zumbidos.

Cuando me alejé, el Támesis continuaba su marcha inmutable. Pensé que en sus aguas estarían ahora reflejadas, fugazmente, nuestras imágenes: la de un escritor que deambulaba por Londres y la de una cantante que parecía haber existido siempre.

lloro, que el agua es el único testigo de mi desconcierto, pero los ojos, esos traidores, delatan la verdad con su enrojecida transparencia, como una confesión involuntaria de la carne que habito.
El espejo es un artificio, un laberinto de mentiras donde me extravío y me encuentro, y aun cuando pretendo creerle, siempre sé que miente. Porque nunca hay un buen mentiroso: el reflejo se traiciona en la leve desviación del gesto, en la duda que asoma en el parpadeo. ¿Quién es ese que me observa con ojos fatigados y un cansancio milenario? Soy yo y no lo soy.

Podría decirse que la tristeza de hoy es una construcción social, que nos hemos vuelto tristes porque el mundo nos obliga a ser fuertes e indestructibles. El hombre moderno —atado a dispositivos que le ordenan responder, producir y avanzar— ha dejado de lado el arte de la reflexión. Los días pasan con la velocidad de una máquina imparable, y el silencio, que antes era refugio, ahora parece una amenaza.

Y aún más: imagínese poder sustraer la afloración de recuerdos que el alcohol despierta, extirpar la amarga resurrección de los lamentos, suprimir esas memorias que emergen, inoportunas, desde los sótanos de la mente. Conservar únicamente la serenidad, la paz diáfana de la ebriedad, sin el peso de lo que fue ni la sombra de lo que pudo haber sido.

Era una de esas noches frías y taciturnas la irrigación Majes, pedregal en las que la luna se oculta tímida y las estrellas se apartan, dejando al «colono» a merced de la oscuridad.

Hace cinco días, al enfrentarme al espejo, fui tomado por un horror indescriptible: la imagen reflejada se tornó en un enigma, una máscara de artificial indiferencia. Ante mis ojos, la figura que me devolvía la mirada no era la de aquel que habitaba mis recuerdos, sino la de un extraño, un yo despojado de esencia, una sombra etérea que parecía haber escapado de algún sueño olvidado. Esa fría expresión, ese vacío inerte, se erigía como un presagio lúgubre de la soledad que me consumía.

En definitiva, la Internet de hoy es el Funes de mañana, o quizá el Funes de siempre, esa presencia ineludible que, al almacenar la totalidad de nuestros gestos y palabras, nos obliga a repensar la relación entre el tiempo, la memoria y la identidad. Es un espejo digital en el que se reflejan las paradojas del olvido y la permanencia, una memoria inabarcable que, como la visión borgiana, nos invita a cuestionar la naturaleza misma del ser y del recuerdo.